La brecha educativa, mucho más que un problema tecnológico

El papel de la tecnología en el entorno educativo ha ganado protagonismo con la pandemia. Sin embargo, acabar con la brecha existente en este campo no puede limitarse a garantizar equipamientos y acceso a la red

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Imagen de archivo. // Pixabay

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EDUCACIÓN Y PANDEMIA

Fran Leal

Fran Leal

Uno de los sectores que mayor impacto parece haber sufrido por culpa de la pandemia es el educativo. Y no solo por las condiciones sanitarias y de seguridad en las que se ha dado la vuelta al cole.

La primera ola del coronavirus provocó que el sistema educativo se mudara desde las aulas hasta el salón de nuestros hogares, con el imprescindible apoyo de la tecnología. Pero, sin embargo, han sido muchas las dudas generadas y ha quedado patente la existencia (e incluso aumento) de una brecha educativa que, más allá de los equipamientos, constituye uno de los grandes retos de este curso que acaba de comenzar.

Suprimir la brecha educativa

Abordar este asunto es acuciante, y por ello desde el Club Excelencia en Gestión y Fundación Altran para la Innovación despidieron septiembre con una jornada que, encuadrada en el proyecto Be TalentSTEAM, sirvió para hacer un exhaustivo diagnóstico de la situación actual para, solo así, poder vislumbrar soluciones efectivas.

Una de las ideas que se transmitieron, como punto de partida, es entender que brecha educativa y brecha digital no son lo mismo. Aquí, Ainara Zubillaga, directora de Educación y Formación de la Fundación Cotec, fue clara al afirmar que, si bien la brecha digital fue la primera que se vio, la educativa no solo se reduce a la falta de dispositivos o de accesibilidad a la red, sino que “es un tema social”. En otras palabras, garantizar la conectividad no suprime la brecha educativa, porque aun así “seguirá habiendo familias que no puedan dar soporte educativo a sus hijos”, expuso. Algo que no parece estar calando a la hora de hacer políticas públicas que, excepto honrosas excepciones, según apuntó, se están centrando en los equipamientos. Algo que, por sí solo, “no soluciona el problema”.

Por su parte, Pablo Navajo, director de Formación y Medio Ambiente de Cruz Roja, partía de una premisa meridianamente clara: por el momento, tenemos “más dudas que certezas”, por lo que aún es pronto para hacer “afirmaciones tajantes”. En cambio, lo que sí parece evidente es que lo que han conseguido las empresas en su conjunto, que es una aceptable adaptación al nuevo entorno marcado por la digitalización y acelerado con la pandemia, el sector educativo no lo ha conseguido. Y es que, en su opinión, “este ha estado tradicionalmente muy a la espalda del proceso de digitalización”.

Cambio de paradigma

De ahí que con el confinamiento, la educación que se ha implantado se podría tildar como “de emergencia”, con lo que han aflorado “problemas, brechas y debilidades que ya tenía nuestro entorno educativo”, como estar tremendamente ligado a la presencialidad y su tendencia a ignorar los procesos digitales. Así, según prosiguió Navajo, el sector se ha encontrado que no existe igualdad en el acceso a medios tecnológicos, con los sectores vulnerables o la España vaciada como claros ejemplos. Pero además, también se ha intentado hacer lo que se venía haciendo en el aula en el medio online. Un error de libro al parecer de todos los participantes en la jornada pues, como apuntó Navajo, “son canales completamente distintos y, pedagógicamente, lo que hacemos a distancia debe ser diferente a lo que se hace en lo presencial”.

Isabel M. Martínez, directora de Universidades y Fomento del Talento de Fundación ONCE, puso el foco en la situación por la que pasan las personas con necesidades especiales, entre ellas las que tienen cualquier tipo de discapacidad. En su opinión, efectivamente, uno de los problemas más importantes es el de la accesibilidad, pues la tecnología, bien utilizada, puede ser “una gran herramienta para la inclusión”. Sin embargo, junto a la digitalización, el gran reto al que nos enfrentamos es “avanzar en metodologías docentes inclusivas”, lo que, una vez más, “no es hacer lo que se hacía en clase a través de una pantalla”. Más bien, supone abrir nuevas maneras de enseñar y explicar los contenidos, a través de los distintos canales disponibles, con un cambio en los sistemas de evaluación y una adaptación a cualquier tipo de alumnado.

Así mismo, no hay que olvidar el importante papel que en todo esto tiene el capital humano, como se encargó de reseñar Silverio Agea, director general de la Asociación Española de Fundaciones. Según expuso, desde las fundaciones de nuestro país, en los últimos meses de pandemia, con el teletrabajo, se ha vivido un avance del proceso de transformación digital mayor al experimentado en los últimos seis o siete años. Y con ello, su actividad ha aumentado. En el caso concreto de las fundaciones educativas, tal y como relató Agea, “se han adaptado a las circunstancias gracias al capital humano. Se habla mucho de la tecnología, pero la gente que trabaja en fundaciones ha sido un modelo de adaptación, y muy especialmente con la población más vulnerable”, afirmó.

Comunión de lo humano y lo digital

En cualquier caso, lo que estamos viendo es una necesidad clara de que la tecnología y la educación online se integren en el día a día del entorno educativo, sin que sea vista como mera alternativa a lo tradicional. Algo a lo que ha abierto la puerta la pandemia, según sostuvo Zubillaga. En este sentido, recordó que “gracias a la tecnología se ha reducido la pérdida de aprendizaje” durante los meses de confinamiento, lo que “debería tener una traducción en las futuras políticas públicas”. No obstante, la portavoz de Fundación Cotec quiso advertir de que también existen limitaciones al hablar de la tecnología, pues “la presencialidad no se puede sustituir, ya que hay procesos educativos que no pueden hacerse a través de una pantalla”. Quizá, esa transición sea más viable en el ciclo universitario, pero sobre todo antes de la secundaria “es imposible renunciar a la presencialidad”.

En resumidas cuentas, estamos asistiendo a una “experiencia inmersiva en un mundo mediado por la tecnología”, argumentó Zubillaga, donde hay que prestar una atención muy importante a la adecuada combinación entre “lo humano y lo digital”. Al fin y al cabo, como concluyó Martínez, más allá de los riesgos ligados a un mal uso de la tecnología, también nos brinda “la oportunidad de poder romper las brechas existentes”. Y a eso debemos agarrarnos.

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