Renta básica: ¿ha llegado su momento en España?

Los efectos que tendrá el desarrollo tecnológico en el ámbito laboral está motivando que se abran nuevos debates, como el de la posible implantación de la renta básica

Renta básica: ¿ha llegado su momento en España?

Christian Dubovan (Unsplash)

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FUTURO LABORAL

Fran Leal

Fran Leal

Tendremos que esperar aún unos años para ver los efectos reales que tendrá la automatización en el empleo, pero son muchos los que reclaman ya una discusión sobre cuáles serán las medidas más apropiadas para afrontar una situación problemática, con muchos trabajadores que verán cómo pierden sus empleos debido al frenético desarrollo tecnológico. Una de las propuestas que cada vez resuena con más fuerza es la de implantar una renta básica. Pero, ¿sabemos qué es exactamente?

¿De qué se trata?

Ya sea en las opiniones a favor o en contra de la medida, lo cierto es que existe una gran confusión en cuanto a qué es exactamente la renta básica, y el apoyo o rechazo de la ciudadanía parece tener una relación más directa con quién es el emisor de la propuesta que con un análisis y criterio formado. Pero lejos de lo que se pueda pensar, existe literatura especializada que desmenuza la cuestión y ayuda mucho a formarnos una opinión propia.

Un buen ejemplo de ello es ‘La renta básica. ¿Qué es, cuántos tipos hay, cómo se financia y qué efectos tiene?’ (Deusto, 2019), de Juan Torres, catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla. En la obra, Torres hace un repaso por los diferentes tipos de renta básica que existen y cómo ha sido su exposición a lo largo de la historia porque, efectivamente, la idea no es una ocurrencia o reclamación contemporánea, sino que viene de lejos. Ese repaso por los distintos tipos arranca desde el sentido más estricto de renta básica, que se proporcionaría por parte del Estado a todos los ciudadanos del país, hasta otras versiones condicionadas a los ingresos de los receptores o a la participación de estos en actividades comunitarias. Además, también se puede concebir como un complemento a los ingresos salariales más bajos e, incluso, aplicarse en el terreno fiscal como un impuesto negativo sobre la renta o un crédito fiscal por ingresos salariales inferiores a un mínimo fijado.

En cualquier caso, tanto los ciudadanos como los propios líderes políticos mezclan las diferentes versiones y, si cabe, contribuyen aún más a esa confusión. No obstante, preguntado por ello, Torres no cree que sea algo intencionado, sino que se debe “en primer lugar, al desconocimiento de la literatura tan abundante que hay sobre el tema y, en segundo lugar, a que las diferentes propuestas (que son versiones de la renta básica en su sentido original y más estricto) se revisten de este término para difundirla”. Dicho esto, la acepción original y más auténtica (en palabras del catedrático) sería la universal, “la que se disfrutaría simplemente por tener la condición de ciudadanía, sin necesidad de realizar contraprestación alguna, con independencia de ingresos, patrimonio o actividad de las personas”, puntualiza.

Una medida controvertida

Uno de las falsas creencias en relación con la renta básica es que es una medida puramente ‘de izquierdas’, pero no es así. De hecho, como explica Torres, “la renta básica universal se ha defendido por personas que no son precisamente de izquierdas”; eso sí, “con pretensiones contrarias”. En este sentido, argumenta que “desde posiciones ultraliberales” no se propone tanto como una medida con la que atajar la desigualdad, sino más bien “con la intención de desmantelar el Estado de Bienestar y todo lo que este significa e implica”.

Por su parte, Carmen Cámara, profesora de Derecho Financiero y Tributario de la Udima, afirma al respecto que, “aunque estas propuestas se han asociado tradicionalmente con el ideal socialista de la justicia social e igualdad, a la largo de la historia, ha sido tratada desde posiciones enfrentadas ideológicamente”, que se diferenciarían sobre todo en asuntos de financiación.

No obstante, como decíamos al principio, son muchos quienes ven con buenos ojos la implantación (o al menos el debate en torno a ello) de una renta básica como antídoto ante los efectos negativos derivados de la automatización. Al respecto, Torres es tajante: “Si no se está dispuesto a aceptar, por ejemplo, una reducción radical de la jornada de trabajo y políticas más expansivas e igualitarias, o se acepta que haya docenas de millones de seres humanos sin ningún tipo de ingreso (con el peligro que eso representa para el sistema) o se apunta hacia soluciones del tipo de la renta básica en cualquiera de sus variantes”.

En esta búsqueda de soluciones, Cámara también sostiene que, “innegablemente, la revolución tecnológica asociada a la automatización supone un cambio de paradigma que, quizás, podría afrontarse mediante el establecimiento de una renta básica (universal o no)”. Y añade nuevos ingredientes a la ecuación como la posibilidad de establecer un impuesto a los robots, “propuesta a la que ya hiciera referencia en su momento Bill Gates”, recuerda Cámara.

¿Qué modalidad es la más idónea?

Según los objetivos que se persigan, serán más pertinentes unas variantes que otras, pero “es urgente y viable establecer algún tipo de ingreso básico para las personas que no disponen de ingresos para tener una vida digna”, afirma Torres. Esto, además, supondría un primer paso para que la propia sociedad pueda ver y reflexionar sobre lo que quiere y hacia dónde dirigirse: “Ese primer paso permitiría que la sociedad fuese comprobando que la idea de garantizar los ingresos no solo no produce vagos, ni destruye riqueza, ni paraliza la economía, sino todo lo contrario”, defiende.

Y no hay que olvidar que, además de atacar directamente la desigualdad, permitiría abordar de forma “mucho más eficaz” el ámbito fiscal. Eso sí, en todo este campo “la estrategia gradualista es imprescindible, porque no podemos saber por adelantado los resultados de las políticas y es preciso que la sociedad lo vea claro y se genere una fuerte convicción y complicidad”, advierte Torres.

El debate ya está encima de la mesa, y no es para menos, pues el futuro del mercado laboral pinta turbio para buena parte de la población. Ahora bien, según recuerda Torres, no podemos renunciar a que “el trabajo humano sea una fuente de ingreso y satisfacción” y deberemos evitar caer en la creación de dos mundos diferenciados: “el del trabajo mercantilizado, para unos, y el de las rentas garantizadas, para otros”, concluye. Para ello, el debate político y la asimilación provechosa por parte de la sociedad serán vitales.

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