Neuroderechos en la era de la neurociencia: qué son y por qué hay que prestarles atención

Los avances en neurociencia han dado vida a un movimiento cuya aspiración es proteger al individuo de posibles abusos e injerencias. "¿Qué pasará cuando estemos expuestos a que conozcan nuestras emociones o nos introduzcan pensamientos?"...

El cerebro humano contiene un promedio de 86.000 millones de neuronas.

El cerebro humano contiene un promedio de 86.000 millones de neuronas. // Unsplash

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María Refojos

María Refojos

Los avances en las neurociencias, las disciplinas científicas que estudian el comportamiento del cerebro y buscan fundamentos biológicos a la conducta del ser humano, han dado vida a un movimiento cuya aspiración es protegernos de posibles abusos e injerencias. Los neuroderechos condensan las amenazas que representan estos avances y ante las que hay que parapetarse.

Elisa Moreudoctora en Derecho y profesora titular de Derecho Administrativo de la Universidad de Zaragoza, lo expone de esta forma: “Para los juristas, la neurociencia es un desafío apasionante porque nos ayudará a conocer -y quizás prevenir- las causas por las que las personas infringen las leyes y cometen delitos. Sin embargo, también constituye una amenaza porque si se puede manipular el cerebro desaparece el ‘libre albedrío’ o la ‘libre elección’". 

"¿Qué pasará cuando estemos expuestos a que otros conozcan nuestras emociones o introduzcan pensamientos en nuestro cerebro?”, se pregunta la experta. 

¿Por qué son necesarios?

La clave está en la dualidad que genera la neurociencia y en cómo esta se amplifica valiéndose de la tecnología, la Inteligencia Artificial… Porque, aunque parezca ciencia ficción, estamos más cerca de saber cómo controlar las emociones, identificar los pensamientos o acceder a la memoria.

Aunque parezca ciencia ficción, estamos más cerca de saber cómo controlar las emociones, identificar los pensamientos o acceder a la memoria.

Uno de los proyectos que más avances está logrando en el mapeo del cerebro y el análisis de su comportamiento es la BRAIN Initiative, acrónimo inglés del Brain Research Through Advancing Innovative Neurotechnologies, radicado en Estados Unidos. 

Dotado con un presupuesto de 4.500 millones de dólares, fue la gran apuesta científica de Barack Obama en 2013, cuando anunció que pondría en marcha un programa con el que rastrear de forma minuciosa la actividad de la mente y encontrar herramientas con las que “conseguir una fotografía dinámica del cerebro en acción y entender mejor cómo pensamos, cómo aprendemos y cómo recordamos”.

El lado oscuro

Seis años después, los descubrimientos que están realizando en la red de laboratorios implicados y la información que se está logrando es de tal envergadura que el propio impulsor de esta iniciativa y director de la BRAIN Initiative, el prestigioso neurobiológo (y español) Rafael Yuste, es también el principal defensor a nivel internacional de la necesidad de los neuroderechos y lidera la NeuroRights Initiative.  

"Estas tecnologías están empezando a llegar. Nosotros en los laboratorios con los animales hacemos todos estos experimentos ya; y con personas se está comenzando a decodificar la actividad cerebral utilizando ciertos métodos", explica el científico. 

¿Tiene sentido abanderar la neurociencia y los neuroderechos a la vez? Aunque Moreu reconoce que “parece contradictorio”, destaca más bien el mensaje que subyace: “Indica dos cosas. Primero, que estamos ante un riesgo real y no potencial. Y segundo, que los neurocientíficos son ante todo seres humanos muy conscientes de las implicaciones éticas de sus avances”.

Los objetivos que se perfilan tras las investigaciones de la neurociencia son tan ambiciosos y a la vez tan cruciales como encontrar qué se esconde tras enfermedades como el Alzheimer, el Parkinson, la epilepsia o la esquizofrenia, y contrarrestarlo. 

Pero también entraña un lado oscuro en los usos menos éticos que se le puede dar por parte de empresas y gobiernos a esta radiografía, potencialmente tan completa y certera, de cómo se comportan las 86.000 millones de neuronas que contiene en promedio el cerebro humano. Corrientes como el neuromarketing o las behavioral economics dan muestra de cómo con las herramientas adecuadas se puede reorientar nuestro comportamiento. 

¿Cuáles son los neuroderechos? 

Es por este motivo que los defensores de los neuroderechos demandan que se incluyan cinco puntos concretos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, para que exista una vinculación real que obligue de forma general tanto a gobiernos y autoridades como al sector privado y a los ciudadanos.

Estos son los cinco neuroderechos fundamentales:

1) Derecho a la identidad personal: insta a imponer límites que prohiban a las tecnologías de alterar el sentido del yo. Es decir, es el derecho del individuo a mantener su autonomía personal, porque cuando la neurotecnología conecta a las personas con redes digitales, se puede difuminar la línea entre la conciencia de una persona y los aportes tecnológicos externos. “Es un riesgo cierto que cuando las neurociencias permitan un mayor control sobre nuestro cerebro perderemos cierta identidad como seres humanos”, subraya Elisa Moreu. 

2) Derecho al libre albedrío: garantiza que las personas tomemos decisiones libremente, con autonomía de voluntad, y sin ser manipuladas por neurotecnologías. “Si nuestro cerebro está conectado a través de lectores de actividad cerebral a una computadora no será libre para tomar decisiones o un tercero podrá invadir nuestro cerebro, igual que ahora un hacker puede usurpar nuestro ordenador”, advierte Moreu.

3) Derecho a la privacidad mental: busca evitar que cualquier dato obtenido del análisis y medición de la actividad neuronal sea utilizado sin el consentimiento del individuo. Además, exige la regulación estricta de cualquier transacción u otro tipo de uso comercial de estos datos. 

4) Derecho al acceso equitativo al aumento de la neurocognición: en este punto lo que se pide es que se determinen unas pautas y directrices, tanto a nivel internacional como nacional, que delimiten y regulen el desarrollo y aplicación de neurotecnologías que permitan mejorar la actividad cerebral. Se trata de garantizar que este aumento cognitivo sea “accesible a todos equitativamente y no quede reservado a un sector de la sociedad”, indica Moreu. 

5) Derecho a la protección contra los sesgos de los algoritmos: para que los conocimientos de la neurociencia no establezcan discriminaciones y distinciones por raza, color, sexo, idioma, religión, opinión, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Esto se conseguiría permitiendo inputs en el diseño de los algoritmos de grupos de usuarios con los que abordar estos sesgos, describe la NeuroRights Initiative. 

Revolución para el bien común

La comunidad de investigadores y expertos que propugnan los neuroderechos busca, básicamente, garantizar que nuestra mente no es manipulada y que la privacidad de nuestros pensamientos y nuestras neuronas no es vulnerada. Tal y como explica Rafael Yuste en un vídeo de la Universidad de Navarra, se trata de “que esta revolución sea canalizada para el bien de la sociedad futura y no lleve a situaciones de mayores desigualdades o de crisis sociales”. 

Se trata de que esta revolución sea canalizada para el bien de la sociedad futura y no lleve a situaciones de mayores desigualdades o de crisis sociales”. 

Así, los trabajos de descodificación de las redes neuronales obligarían a tomar muy en cuenta el componente ético y jurídico. “Igual que los avances tecnológicos obligan a extremar la seguridad de los datos personales, la neurociencia hace que debamos prestar atención a la privacidad de nuestro cerebro”, considera Elisa Moreu. 

Por eso, la doctora en Derecho asegura que es “muy necesario” garantizar la confidencialidad y la protección de datos. ¿El objetivo? “Impedir que la información disponible sobre nuestro cerebro pueda ser utilizada con fines ajenos al interés general”. 

El equilibrio… ¿es imposible?

Mientras que países como EEUU, China, Canadá, Australia o Israel investigan métodos para leer y modificar la actividad del cerebro, la regulación va con paso más lento. 

En opinión de Moreu, buscar el equilibrio entre innovación y legislación es complejo, puesto que se corre el riesgo de que las normas “asfixien” a la libertad de investigación. Sin embargo, recuerda que “los derechos humanos básicos están por encima de cualquier otro interés”. 

Por ahora, Chile se ha desmarcado como pionero absoluto en la regulación en este campo, tras anunciar en octubre del año pasado que presentaría un proyecto de reforma para incluir los neuroderechos en sus Constitución. 

A su vez, la Unión Europea también está dando pasos importantes. También en 2019 se anunció la creación de un Comité Ad Hoc sobre Inteligencia Artificial y se está explorando viabilidad de un marco jurídico sobre transparencia, responsabilidad o seguridad relacionada con el progreso tecnológico desde el prisma del Consejo Europeo en derechos humanos, democracia y Estado de Derecho.

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