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Jueves, 14 de noviembre del 2019

Economyz

"Que desaparezca una profesión no quiere decir que desaparezcas tú"

Luis Pardo Céspedes, CEO de Sage Iberia, ha publicado su libro 'Viaje al centro del humanismo digital' (Verssus), en el que analiza los tiempos de rápidos y profundos cambios que vivimos en la actualidad, fruto de la digitalización

Luis Pardo Céspedes, CEO de Sage Iberia y autor de Viaje al centro del humanismo digital

Luis Pardo Céspedes, CEO de Sage Iberia y autor de Viaje al centro del humanismo digital // Cedida

Innovadores

ENTREVISTA LUIS PARDO (SAGE IBERIA)

Fran Leal

Fran Leal

Nuestra postura ante los tiempos de incertidumbre que vivimos en la actualidad, por la influencia y los cambios derivados de la digitalización, puede centrarse en las oportunidades que el desarrollo tecnológico nos ofrece o, por el contrario, aferrarnos al pasado y correr el riesgo de quedarnos al margen de lo que está por venir.

Sobre esta idea pivota Viaje al centro del humanismo digital (Verssus), el libro que ha publicado el actual CEO de Sage Iberia, Luis Pardo Céspedes. Su optimismo queda latente en numerosos momentos de la entrevista; en su opinión, “hemos tenido mucha suerte, porque estamos viviendo un momento apasionante de la historia”. Eso sí, que sea apasionante no quiere decir que no tengamos que adaptarnos a él. En esas estamos...

En esta época de profundos cambios que vivimos, defiendes con vehemencia que la tecnología es un medio, no un fin. ¿Cuál es entonces el fin?

Pues, en resumidas cuentas, el progreso de la humanidad, acompañado de diferentes avances: cultural, artístico, social, político, empresarial… Hoy en día, prácticamente todos los estratos de cualquier área dentro de nuestro planeta se ha visto empapado por esta revolución 4.0, que no deja de ser una evolución de la computarización de finales del XX y que ha acabado en la digitalización del siglo XXI. Es la revolución de las revoluciones. Todas las anteriores han tenido como patrones comunes que empezaron de arriba hacia abajo, el privilegio era para unos pocos y tardaban mucho en el tiempo. Sin embargo, la revolución digital ha estrechado los tiempos hasta el milisegundo. Y no solo los ha estrechado, sino que lo ha hecho a gran velocidad, y de manera global y democrática.

Debemos visualizar la oportunidad que nos puede dar el desarrollo tecnológico. Pero también es normal que con esta revolución surja alguna ola negativa, como ocurrió con el Ludismo de principios del XIX, que estaba en contra de la introducción de las máquinas. Ahora empieza a haber un movimiento en contra de la tecnología, pero no tenemos ninguna prueba que nos haya mostrado ese futuro distópico, al estilo de 1984 de George Orwell.

La tecnología nos está ayudando a construir un mundo mejor, y gran parte de la solución a los problemas que tiene nuestro planeta (ecológicos, demográficos…) pasarán por las nuevas tecnologías. Eso sí, siendo el centro de la decisión el ser humano.

Ese rechazo por parte de ciertos sectores, ¿no es entendible si los nuevos tiempos amenazan su medio de subsistencia?

Claro, pero es lo mismo que ha existido siempre. En el momento que aparecieron los primeros carruajes con caballos, quienes hacían el transporte humano con su fuerza, también vieron peligrar su puesto de trabajo. Y después vino el ferrocarril… Habrá profesiones que han estado vigentes y que desaparecerán. Pero que desaparezca una profesión no quiere decir que desaparezcas tú, porque ¿quién no tiene acceso a la tecnología? Prácticamente nadie.

Este acceso global ha permitido que algunas personas, que por su formación o medios económicos antes tenían muy difícil progresar, hoy puedan hacerlo. Hay más de 2 millones de cursos gratuitos en Internet; cada vez es más fácil y accesible formarse.

Las oportunidades hay que aprovecharlas, y lo peor es tener una ilusión óptica de que llegarán mejores momentos o cerrarnos en lo antiguo. El cambio que tenemos ahora delante radica en la necesidad de adaptarse al medio. Porque el impacto de esta revolución no entiende de clase social, raza o religión; llega a todos sitios y hay que adaptarse a ello. Lo hemos hecho a lo largo de la historia de forma constante, ¿por qué no lo íbamos a hacer ahora?

Pero no parece que todo el mundo esté dispuesto a abrazar tanto cambio...

El problema es que se intenta poner de relieve los riesgos y no se habla de oportunidades, como cuando se ha estado hablando de la destrucción de empleo. El World Economic Forum hace un estudio y dice que en los próximos años puede haber en riesgo 75 millones de empleos por la automatización, robotización, Inteligencia Artificial (IA)... Pero lo que no dicen los titulares es que esa misma robotización, IA o software van a traer otros 130 millones de puestos de trabajo.

La solución es que nos pongamos a trabajar juntos; gobiernos, empresas y ciudadanos. Y en España tenemos que dar un impulso, porque solo invertimos el 1,2 por ciento del PIB en I+D+i. El plan de Europa para 2020 es alcanzar el 3 por ciento, pero eso es una quimera, no vamos a llegar.

Por otra parte, tiene que haber una revolución en la educación. Todo lo relacionado con el STEM es ya el nuevo inglés, un básico. Esto no quiere decir que todos seamos informáticos, pero hay que acercarse. Es necesario formarse en lo digital y reinventar nuestra profesión, y entender, sin tener que ser un experto, las implicaciones del mundo digital en tu profesión. Y como ciudadano, es una parte cultural fundamental en nuestro día a día. Son muchos cambios, sí, pero no hay que abrumarse e ir poco a poco.

¿Qué podemos aportar nosotros frente a las máquinas?

Si me dedico al sector de la logística y tengo un trabajo manual y repetitivo, la automatización se hará cargo de ello en algún momento. La pregunta que le haría yo a esta persona es: ¿tú dónde puedes aportar valor? Si conoces el sector, tienes sentido común, empatía y creatividad, eso solo lo puede hacer el ser humano, y ahí es donde te puedes apalancar. Y, lógicamente, reinventar tu profesión. Quizás tengas que saber de big data o acabes siendo conductor de drones, en vez de conducir el toro de un almacén.

Desde luego, el entorno laboral ha cambiado, y nosotros con él. ¿Cómo podemos encontrar las nuevas vocaciones en este marco digital?

Hay muchas personas que descubren pasiones y potenciales, se establecen como freelance y trabajan por proyectos. Esto es una nueva tendencia. Cuando estoy con profesionales que han pasado por la transformación, todos coinciden en señalar las experiencias gratificantes, nuevas posibilidades o la potencialidad de campos que no habrían visualizado antes. Lo que tenemos por delante es fantástico. Hemos tenido mucha suerte, porque es un momento apasionante de la historia y hay que abrazar este cambio digital. Pero no podemos dejarlo en manos de terceros; la decisión de cómo llevar a cabo este viaje es nuestra, de las personas.

Ese papel central de las personas, ¿es lo que está poniendo de nuevo encima de la mesa las cuestiones éticas y los valores?

Todo lo peligroso y maravilloso del mundo offline se puede trasladar al online. Por eso aparecen debates y dilemas típicos, algunos guardados en el cajón casi desde la Antigua Grecia. Un claro ejemplo es el debate sobre la privacidad (en torno al GDPR). Hasta ahora, no se había hablado de la protección del dato y su propiedad, y la tecnología ha puesto este debate encima de la mesa.

Otro debate es dónde empieza la regularización y la desregularización, como está ocurriendo con las criptomonedas. ¿Qué es público y qué es privado? La tecnología ha difuminado esas barreras y nos encontramos ante toma de decisiones muy importantes que son única y exclusivamente humanas. Mismamente, las 3 leyes de la robótica de Asimov crean un concepto tremendamente ético, profundo y básico: la tecnología está al servicio del hombre y nunca para dañarle. Vamos de vuelta a los básicos.

Pero, ¿cómo podemos conseguir que todos rememos en la misma dirección?

Ahí está la cuestión, es una nueva forma de funcionar. Realmente ya estamos juntos, pero hace falta que los políticos se acerquen a la realidad y las necesidades de medio y largo plazo. Que las empresas sean muy sensibles a su contribución y valor en el planeta, y no solo en el negocio. Y que los ciudadanos tomen también sus propias iniciativas. No podemos esperar a que papá Estado y mamá empresa nos lo dé todo. Todos tenemos corresponsabilidad para ser competitivos y transformarnos.

En el plano laboral, como profesionales, tenemos que ponernos al día. Como empresa, buscar perfiles que te puedan llevar a competir de una mejor manera y de modo más sostenible en el tiempo. Y como gobierno, vas a tener que hacer una reforma educativa e invertir en I+D+i.

Y la órbita educativa, ¿cómo podemos adaptarla a las nuevas necesidades del mercado?

Hace un siglo teníamos 25 carreras y hoy 150. En los próximos 5 años, se van a crear puestos que no tienen ni nombre. Las carreras como las conocemos hoy van a cambiar radicalmente. De hecho, ya hay estudios que dicen que quizás no haya carreras en el futuro.

Estamos en el estadio del aprendizaje continuo. Eso de estudiar una carrera que te sirva para toda la vida, ya no vale. Hoy, las empresas lo que quieren saber es qué sabes hacer. Al respecto, se habla mucho de la formación por píldoras y creo que se crearán muchas especialidades. Y es que cada vez va a ser más importante diferenciarte en el mercado de cara a la empleabilidad.

Tenemos que ayudar al talento que hay en las empresas, a los autónomos y la educación de los jóvenes hay que cambiarla. En este viaje al centro del humanismo hay que empezar a aprender. En Estonia, por ejemplo, ya se enseña a los niños a programar. Con todos los respetos al latín, es más importante la programación. Pero también hay que introducir elementos humanísticos en las escuelas, como aprender a hablar en público, vida saludable, ecología… Insisto, tiene que haber una revolución educativa.

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